lunes, 3 de enero de 2011

Cuento: La flor, por Tania Deni Gutiérrez Ruiz

En un día del mes de marzo, yo me encontraba en un parque con pinta de bosquecillo, disfrutando del paisaje y del viento fresco que hacía que los arbole se balancearan a mi alrededor.
Yo estaba ahí por un motivo y ese era  olvidar las cosas innecesarias, despejar ni alma, quitarme todo remordimiento y de cualquier cosa que me pudiera hacer sentir infeliz.
De pronto, husmeando y eliminando pensamientos de mi cabeza, me di cuenta de que pronto se oscurecería el cielo y que el día estaba por terminar.
Me dirigía al departamento que supuestamente debía de ser mi hogar.
Yo no me había tomado la molestia de alimentarme en los días anteriores  así que cuando estaba por llegar al final del parque, me desmayé: pausé por un rato mi cuerpo.
No sé muy bien cómo pero estoy segura de que seguía, de alguna forma, consiente y pensando en cómo y cuándo podría levantarme.
Después de un largo rato, tal vez  1 hora, tal vez  más, una brisa húmeda mojó mi rostro y entonces desperté. Era poco más de media noche y yo aún estaba en ese lugar tan solo y oscuro, pero yo no tenía miedo, había conocido ese jardín desde pequeña.
Me dediqué a observar una curiosa flor que crecía en el césped: sus pétalos estaban juntos y parecía que la flor los cerraba para contener su calor, si es que lo tenía. Estuve ahí viéndola hasta el amanecer, que fue donde esta minuciosa criatura abrió sus hermosos pétalos.
Durante todo el tiempo que permanecí con ella no me atreví a tocarla o a acercármele mucho, con la intención de que no se fuera a irritar o que pensara que fui a arrancarla o peor aún, a arrebatarle su fuente de vida. Tan es así que tuve miedo de haberla atiborrado con mis empalagosas miradas.
Tenía un afán de mirar la flor a plena luz del sol, así que espere un tiempo a que El Rey Sol estuviera en pleno esplendor , cuando esto sucedió la flor también lucía espléndida y destellando y realzando su belleza.
Me dejé llevar por ella y tuve la necesidad de quedarme hasta que comprendí que si la hubiera visto a diario como lo hacía ahora, no me parecería tan formidable y perfecta, me hubiera dado la impresión de ordinaria y común. Comprendí la lección que me quiso dar la cautivadora flor; recordé lo que hacía antes de vivir esta experiencia: ¡yo quería olvidar! ¡Yo quería deshacerme de mis experiencias! Y me dije a mi misma:
─si me dedico a olvidar lo malo, y sólo me quedo con lo mejor, con mis mejores momentos, sin pensar en los que me hicieron llorar pero me pusieron a prueba, todo lo que recordaría sería bueno o más bien, normal y ya nada sería fantástico en mi vida, todo sería aburrido.
Así que le doy las gracias a mis momentos de tristeza, vergüenza, soledad, cólera, y a las personas que llevan en su conciencia mis lágrimas. En verdad les agradezco porque, sin ello, nunca podría sentirme feliz o percatarme de que la vida es fenomenal.
Ahora recuerdo a esa florecilla que me enseñó que lo malo no es malo del todo y que, después de tantos inviernos, ha vuelto a florecer cada primavera.
Me estremecí al saber que de nuevo me había sumergido en la espesa niebla de mis pensamientos. Entonces abrí mis ojos y miré el ocaso; caminé con indiferencia.
Entré en una puerta con interior negro y con un centellear de colores, y después desperté en el mismo lugar en el que empecé: mi mente.
Estaba en un balcón, sentada, recargada ligeramente sobre mis rodillas mirando hacia la calle y escuchando los sonidos de la ciudad, nuestra naturaleza. En realidad no sé cómo había llegado ahí pero lo hice y ahí estaba, en mi departamento,  dudando cómo fue que tuve esa aventura, vi la flor en una vasija del balcón, sonreí y cerré los ojos.
Descubrí que todo había estado dentro de mi imaginación y que sólo me necesito a mí para encontrar la felicidad sin necesidad de nada ni nadie. Yo no dependía de ninguna cosa. Y así pude vivir mejor y terminar mis días con toda tranquilidad.

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