jueves, 6 de enero de 2011

Cuento: El payaso Bob, por Octavio Augusto Baltazar Reyes

Bob era un niño de rasgos reales en el castillo de Porkúloland pero él no lo sabía ya que era pobre. Era como otro niño de Porkúloland, común y corriente como todos, le gustaba reírse y ser feliz, compartir y ser amable del todo, sólo que había algo que le faltaba superar.
Pasaron varios años y Bob ya era un señor de 345 años de edad, una edad muy adecuada en Porkúloland, y empezó a buscar varios empleos; sin embargo, no encontraba algo que le gustara.
Intentó ser mago pero siempre salían demasiados conejos cornudos; más de lo habitual. También logró ser ilusionista pero cuando una ilusión se creaba salía a la realidad y perseguía a los Porkulones. Luego intentó organizar fiestas pero con lo que ganaba no le alcanzaba ni para alimentar su zoológico de pulgas y, al final, buscaba alguno que otro fenómeno del mundo para lograr hacer un circo amistoso ya que los fenómenos serían bienvenidos porque todos en Porkúloland eran extraños, pero no lo logró ya que los fenómenos que encontró eran: un señor come cerdos de la gran manzana dorada y un señor con cara de rinoceronte y como ya no eran fenómenos ahí, no serían atracción.
Antes de ver el problema del circo, le llegó una nota diciendo que su padre, el rey, murió y que él tendría que ser rey. Bob se emocionó al ver que sería rey, pero lo arruinó todo al ver a un tipo que vendía cabracornios azules, así que Bob le dio el trono para alimentar a esos animales.
Bob se hizo la persona más graciosa del país.
Al final Bob encontró algo qué trabajar. Se convirtió en un payaso para que pudiera reírse, una de sus cosas favoritas, pero, al  empezar a hacer sus bromas, la gente vio que era gracioso así que lo veían todo el tiempo riéndose de él, pero el problema de Bob era que no le gustaba que se rieran de él y era una cosa que todo payaso debía afrontar, pero él no lo sabía.
Fue a ver al psiquiatra a hablarle de su problema: –doctor, no me gusta que se rían de mi―, dijo, pero no hubo remedio para él así que, como solución suya, Bob se iba a suicidar lanzándose a un pozo que había ahí en el país. Al verlo se lanzó y cayó por mucho tiempo, hasta que llegó a Emolandia, un  país habitado por emos así que Bob, feliz, fue payaso en ese país sin ningún problema de que se rieran (ya que los emos no se reían) de él salvo uno que otro sádico que lo veía caerse y embarrarse o torturarse como payaso.

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