miércoles, 5 de enero de 2011

Cuento: El cuarto número 18, por Fidel Rodolfo García López

Mi tío favorito estaba buscando una casa de huéspedes para vivir. Así que un día lo acompañé a ver cuartos amueblados.
Llegamos a una colonia de las más antiguas de la ciudad; era muy bonita, llena de grandes árboles. Es un barrio de casas muy viejas, llenas de leyendas. Dicen, por ejemplo, que en cierta esquina se aparece todas las noches una mujer de blanco que asustaa a quienes pasan por ahí. También cuentan que en muchas de esas casas ocurren cosas raras, porque como son tan viejas, con los años han acumulado las historias y los recuerdos de toda la gente que ha vivido en ellas.
A la mitad de la calle había una antigua vecindad, que había sido acondicionada como casa de huéspedes. Sus paredes eran blancas y recién pintadas, mientras la herrería era verde, con unos barrotes retorcidos de hierro forjado, como se usaba hace muchos años. Había un letrero de "se renta".
Entramos; no pudimos ver a nadie, ni en el patio de la vecindad ni en la portería, así que nos pusimos a recorrer el lugar. Al fondo, había una puerta roja que tenía un gran número 18 pintado con azul. Algo nos atrajo hacia ese cuarto. Tocamos la puerta y ésta se abrió sola.
--Parece que nos estaba esperando, ¿no, Pablo?-- dijo mi tío.
Yo sólo asentí. Había algo raro en ese lugar. Entramos. Estaba helado; nunca había estado en una habitación tan fría. La luz de la tarde se filtraba por una ventana y se podía ver el polvo danzar en el ambiente. Había una cama y un gran crucifijo en la pared contra la que estaba la cabecera.
También una gran cómoda con un espejo --se llama "luna", según me explicó mi tío-- y una gran palangana de cerámica puesta encima de un pedestal de hierro. Cerca de la cama había un sillón cubierto por una sábana. Mi tío y yo miramos a nuestro alrededor. De pronto, sentí que había alguien detrás de nosotros. Miré sobre mi hombro. No había nadie. Pero algo rozó mi pelo.
--Seguramente fue una araña-- dijo mi tío--. Se ve que nadie ha entrado en este cuarto en años, todo está lleno de polvo.
En ese momento, la cama emitió un chirrido. Vimos cómo algo invisible se acostaba en ella, porque el colchón se hundió un poco y luego la almohada, como si hubieran apoyado en ella la cabeza.
--No me gusta este cuarto, tío-- opiné.
Él no me contestó. Estaba mirando directamente a la luna del espejo sobre la cómoda. Yo me paré junto a él. A nuestras espaldas, había una figura vestida de blanco, que nos miraba con ojos tristes.
Volteamos al mismo tiempo. Ahí no había nadie. No sé porqué miré de nuevo el espejo y pude ver, a través de él, la silueta de una mujer que flotaba hasta el sillón y se seetnaba en él. Cuando miré el sillón, la sábana estaba hundida, como si alguien se hubiera sentado.
--Vámonos de aquí-- ordenó mi tío.
No necesitó decir más. Salimos de aquel cuarto. La luz del sol de la tarde iluminaba todo el patio de la vecindad con un extraño resplandor amarillo. Detrás de nosotros, la puerta roja se cerró con suavidad y oí cómo alguien echaba llave por dentro. En un impulso, intenté abrirla, pero no pude. Fuimos hasta la portería. La mujer que estaba encargada de la vecindad salió a saludarnos.
--¿Vienen a ver el cuarto que se renta?
--Ya lo vimos-- respondió mi tío--. Es el número 18, ¿verdad?
La portera se lo quedó mirando extrañada.
--No, señor, es el cuarto número 9. En esta vecindad no hay ningún cuarto 18.
Al mismo tiempo, mi tío y yo miramos hacia el fondo del patio. La puerta roja había desaparecido y, en su lugar, sólo estaba un muro de ladrillo.

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